lunes, 25 de febrero de 2008

INTRODUCCIÓN HISTÓRICA

Menorca ha sido, desde la prehistoria hasta tiempos muy recientes, lugar de paso de distintas culturas a causa de su situación estratégica en el centro del Mediterráneo occidental, que ha propiciado que desde los albores de los tiempos diferentes pueblos hayan codiciado la isla como puerto de escala y refugio.



La introducción histórica menorquina la iniciamos durante el siglo XVI, cuando Menorca vive los momentos más trágicos de su historia con las incesantes incursiones piráticas que producen una gran inestabilidad a sus habitantes y que tendrán su punto culminante con de destrucción a causa de los ataques turcos de Maó (1535) y Ciutadella (1558). La isla estuvo a punto de quedar abandonada hasta que el fuerte de Sant Felipe a la entrada del Puerto de Maó y algunas de las torres de defensa de la costa como la de Sant Nicolau en Ciutadella.


Menorca, por su posición estratégica en el Mediterráneo occidental y también por la seguridad de refugio que ofrecía, fue objeto de ambición política de Gran Bretaña y España, que se disputaron su posesión. Menorca estuvo en el siglo XVIII sometida a los vaivenes de las dominaciones británicas y francesa, con cambios de gobierno que los menorquines no siempre aceptaban, resignándose con cierta filosofía. Así, la ocupación inglesa de 1708 durante la Guerra de Sucesión con el pretexto de mantener la isla para el archiduque Carlos de Austria condujo a la cesión de Menorca a Gran Bretaña en virtud del Tratado de Utrech (1713). Tras el desembarco militar francés de 1756, Menorca dependió del gobierno galo hasta 1763. Al terminar la Guerra de los Siete años, el Tratado de París (1763) obliga a Francia a devolver la isla a los ingleses, dando inicio a la segunda dominación británica.

El desembarco hispano-francés de 1781-82, abre un breve período de gobierno español, que termina en 1798 cuando los ingleses recuperan la isla. La tercera y última dominación británica termina en 1802, por el Tratado de Amiens, devolviendo Menorca a España. Los ingleses reforzaron las defensas construyendo más torres en la costa, como las que pueden verse en el puerto de Maó o Fornells, y el Fort Marlborough en la cala de San Esteban durante los diversos períodos de su dominación sobre Menorca.
Menorca era una tierra codiciada por las potencias extranjeras, que había quedado sin defensas frente a enemigos exteriores por la orden de demolición del Castillo de San Felipe y el castillo de San Antonio, dictada en 1782 por Carlos III. Fue el gobierno de Isabel II quien decidió fortificar el puerto de Maó, desprovisto de protección.
La fortaleza de Isabel II se construyó entre 1848 y 1875 después de una fuerte presión británica, quienes amenazaban con volver a la isla para utilizarla como una base en su defensa contra los franceses. Pero antes de acabar su construcción, la fortaleza quedó anticuada. En los años 1860 hubo una importante evolución en la tecnología artillera. En vez de los anticuados cañones de avancarga (por la boca de fuego), se empezaron a diseñar potentes piezas de artillería de retrocarga (por la culata), que tenían el anima estriada (interior de tubo rayado) estabilizando los proyectiles y aumentando su precisión.

Esto significó que hubo que replantear el sistema defensivo de la isla. En vez de artillar todos los asentamientos para cañones dentro de la fortaleza, se inició una segunda fase de desarrollo (1896); instalando una serie de baterías costeras ajenas de la fortificación amurallada. Estas baterías defendían las costas de Menorca desde una distancia remota, con sus potentes proyectiles eran capaces de detener toda clase de buques invasores.



Esta fortaleza es un conjunto de edificaciones militares, almacenes y defensas excavadas en la zona más llana de la península de la Mola, frente a los terrenos que ocupó, en la ribera sur, el Castillo de San Felipe, junto a la bocana del puerto de Mahón. Durante muchos años la Mola fue conocida por la prisión militar (denominada penitenciaría) ubicada en una de las amplias construcciones que conforman la gran explanada de armas de la parte alta del recinto. La creación de la Fortaleza supuso la ocupación con construcciones defensivas militares de un lugar que históricamente se había considerado de gran importancia estratégica para la defensa del puerto, pero siempre había quedado en segunda posición respecto al sur, ocupado por el Castillo de San Felipe, mejor comunicado con la ciudad de Mahón.

Tal como ya ocurrió en la Construcción del Castillo de San Felipe durante la segunda mitad del siglo XVI, y posteriormente, en la fase de ampliación durante el gobierno británico del siglo XVIII, la edificación de la Mola tuvo una gran importante trascendencia económica, como lo precisa Miquel Casasnovas en su publicación Història Econòmica de Menorca (2006).

Durante muchos años, centenares de menorquines trabajaron en estas fortificaciones. La fortaleza representó, para Menorca, la llegada de grandes invasiones del Estado y su construcción dio trabajo a gran número de operarios, de forma que no sólo cortó buena parte de la emigración, sino que propició la llegada de inmigrantes. En 1854 trabajaban en la Mola 900 operarios y a principios de 1863, ya sumaban 1831, de los que 656 eran menorquines. El gasto diario se evaluaba entre 20.000 y 30.000 reales. Las obras se prolongaron durante décadas, aunque hubo interrupciones por el precario estado de las finanzas del Estado. En Septiembre de 1860, la Reina Isabel II, intrigada ante la gran cantidad de reales órdenes que firmaba cada semana para autorizar los pagos de la construcción de la fortaleza, decidió trasladarse a Menorca acompañada de su esposo, Antonio María Claret, que posteriormente fue elevada a los altares para visitar personalmente La Mola.

Durante la visita de Isabel II, el temporal motivó que la hija de Fernando VIII tuviera que desembarcar en el puerto de Ciudadela, cuanto todas las autoridades la esperaban en el puerto de Mahón. En el transcurso del recorrido, por las espaciosas instalaciones, fue cuando la Reina pronunció la famosa frase relativa a “si los peldaños de La Mola eran de oro, por el elevadísimo coste que había significado su construcción”.

Por otra parte, la Mola fue penitenciaría militar, inaugurada en 1891. En diciembre de 1920, el vapor “Giralda” desembarcó en el puerto de Mahón a treinta y seis sindicalistas catalanes, para ser encarcelados en la fortificación. Este es uno de los episodios de la fortaleza dado que en el 1872 ingresaron 143 prisioneros carlistas procedentes de Palma, y en 1876, otros presos políticos ingresaros en la penitenciaría y trabajaron en las obras. Los años 1874, 1878 y 1880, llegaron con presos cubanos, de los que aun se conservan algunos escritos en las paredes, como son los versos del general Guillermo Moncada:

Quédate con Dios, prisión
De seis años menos meses
Que me marcho para Cuba
Y no quisiera más verte.

A raíz de la insurrección de Jaca (1930) ingresaron en la prisión 23 militares, que quedaron en libertad el 14 de abril de 1931, horas después de ser proclamada la Segunda República.

Entre los muros de esta gran fortificación militar, considerada inexpugnable por su poderosa artillería, aunque nunca llegó a ser atacada, se vivió uno de los momentos más trágicos de la Guerra Civil Española en Menorca; el 4 de agosto de 1936, fueron fusilados 86 jefes militares de la isla. Después de la contienda, cuando empezó el tiempo de la represión y las represalias, el gobierno del general Franco reforzó el carácter de prisión militar que ya tenía la fortaleza menorquina. Entre los meses de febrero y abril –cuando concluyó la Guerra Civil en Menorca- fueron ejecutadas en La Mola 59 personas después del régimen franquista. Después del golpe de Estado de 1983 se intentó encarcelar a Antonio Tejero. La penitenciaría de la Mola estuvo en funcionamiento hasta 1970, cuando fue suprimida por el Gobierno.
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